MYSTICAL DECONSTRUCTION OF TIMES SQUARE

          

          Decía Baudelaire que no todo el mundo tiene el don de sumergirse en el gentío y que gozar de la muchedumbre es un arte. Yo añadiría que no todos los lugares en los que las multitudes se congregan son igual de propicios para experimentar  esa “orgía de vitalidad” que supone sumergirse en una turba  entregada a sufrenético devenir.

          Times Square, símbolo y enclave singular de la ciudad de Nueva York, es un escenario único en el que se dan todas las condiciones necesarias para acceder a esa experiencia baudeleriana que trasciende lo ordinario. Con toda probabilidad, hay otros lugares en los que el alma del “poeta”, dispuesta a mimetizarse con la multitud, puede entregarse a la embriaguez de esa comunión universal, pero la peculiaridad de Times Square posiciona al observador en una situación que va más allá de lo posible en cualquier otro lugar.

           El flujo humano que allí se condensa es tan considerable que adquiere la dimensión de un alud en el que el único orden posible es el caos. La masa se despliega, danza y se repliega sin solución de continuidad a expensas de ese patrón caótico que ordena en un continuum milagroso el misterioso devenir de los  anónimos  viandantes.

          El movimiento se ensambla con extraordinaria precisión en un espacio que lo absorbe como propio y lo coloca como sustrato sobre el cual se alza el espectáculo  de una
construcción en la que la luz es la pieza fundamental. El movimiento de la masa se sincroniza con el también caótico flujo de impulsos lumínicos, construyendo el espacio a través de esa vibración constante. La descomunal arquitectura de la plaza apresa con rotundidad esos ritmos que fluyen en todas direcciones, que se expanden a lo largo de las calles y se elevan hacia la infinitud de un cielo cuyo techo se hace imposible de precisar.

          La monumentalidad de las edificaciones, unida al devenir de esa multitud exacerbada impelida por ese inmenso túnel de luz, lleva al extremo esa dicotomía multitud-soledad de la que habla Baudelaire. Aquel que se deja poseer por la muchedumbre y contempla la comunión de movimiento y luz en ese espacio, se sabe más solo ante la mayor de las multitudes, y más insignificante si cabe, ante el más grandioso de los espacios. De ese modo, succionada por la muchedumbre y hechizada ante el espectáculo de luz y movimiento, soy anulada. Me veo desplazada  a una posición de contemplador, de testigo mudo de la verdadera transformación que va a producirse, no sobre mi persona, sino sobre el paisaje.

          Con mi abandono, todo se rinde a un nuevo ritmo. Una vez asumido el caos imperante, ralentizo mi posición y fuerzo un tempo extraordinariamente lento con el que transitar por ese espacio. Es esa velocidad opuesta a la del contexto la que me permite percibir algo nuevo. La cámara fluye en mis manos  junto a la multitud a través del paisaje, contagiándose del mismo ritmo ralentizado, funcionando a la mínima velocidad posible. Como consecuencia, el paisaje se desdibuja, se  pierde, se despoja de su materialidad, se destruye. Abandona su cotidianeidad para dar paso a una realidad distinta. El espacio se vacía de sí mismo; se desintegra en fragmentos de realidades que, al
recomponerse tras la purgación de la imagen, se torna un todo distinto.

          Finalmente, la nueva realidad reconstruida nos sitúa ante un paisaje ascético, desnudo, libre de la materialidad terrena y vaciado de literalidades. Ahora deviene poblado por una multitud que se torna en un fluir ligero e impreciso que  emerge y conquista una negrura que lo aglutina sin llegar a la solidez, suspendiéndolo en esa nada que es su fin último. 

           La técnica fotográfica se pone al servicio del proceso de deconstrucción que sufre el paisaje, y experimenta al mismo tiempo idéntica transformación. El uso del movimiento y las velocidades lentas como elemento expresivo, permiten adentrarse en una estética mucho más pictórica: la precisión de la imagen se evapora, purgándose del detalle innecesario, permitiendo que el lugar inicie su proceso de desaparición. Provocar el movimiento de cámara durante el disparo a velocidades de obturación muy lentas hace posible  iniciar el proceso de destrucción del paisaje, en el que las formas se funden y se anulan, dando paso a la luz y al color. Dicho proceso continúa con la fragmentación producida por el disparo, de manera que el paisaje se quiebra en una multitud de tomas que se alejan irremediablemente del referente y de la realidad. Es en este momento cuando el paisaje se desprende por completo su apariencia ordinaria y se rinde a la espera de alcanzar una nueva totalidad.

              La reconstrucción a través de la edición digital permite llevar el paisaje a una nueva realidad ascética. Las tomas, cual piezas dispersas de un puzzle, se disponen sobre un fondo negro que actúa como catalizador. Los fragmentos dispersos se ensamblan, aunando formas, líneas y colores en una nueva totalidad. El nuevo paisaje se trabaja de forma que pierde absolutamente los límites físicos que lo enmarcan, desvaneciendo estratégicamente las formas, creando un degradado progresivo sobre el fondo negro. El efecto visual que se persigue es el de un espacio que se sostiene en la negrura y en la nada de límites imprecisos.

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