ALDOUX HUXLEY

“SOBRE LA DIVINIDAD”

Aldous Huxley

Ed. Kairós 2009

 

LO “INANIMADO” VIVE

                    En el instituto Bose de Calcuta, el gran experimentador en persona fue nuestro guía. Durante toda la tarde le seguimos de maravilla en maravilla.  Ardientemente, con auténtico entusiasmo, con una abundancia de ideas que era casi excesiva para su capacidad de expresión, que lo dejó tartamudeando de pura impaciencia, en pleno esfuerzo por elucidar los métodos, valorar los resultados, desdeñar todas sus implicaciones, expuso sus ideas una por una. Vimos el crecimiento de una planta registrado automáticamente  mediante una aguja, sobre una fina lámina de cristal ahumado; vimos su brusca, estremecida reacción ante una descarga eléctrica. Observamos a una planta alimentarse; mientras duró el proceso, exhalaba minúsculas cantidades de oxígeno. Cada vez que la acumulación de oxígeno desprendida alcanzaba una determinada cantidad, sonaba automáticamente una campanilla como la que avisa al mecanógrafo cuando llega al final del carro. Cuando el sol daba sobre las hojas de la planta, la campana sonaba con ritmo acompasado y frecuente. En sombra, la planta dejaba de alimentarse; la campanilla sonaba sólo a largos intervalos o no sonaba en absoluto. Una gota de estimulante añadido al agua en que reposaba el tiesto de la planta hacía que la campanilla repicara sin cesar, como si un mecanógrafo capaz de batir el récord de pulsaciones por minuto estuviera en plena actividad de teclear la máquina. Muy cerca, pues la planta se encontraba al aire libre, había un gran árbol. Sir. J.C. Bose nos dijo que había sido trasplantado en el jardín, aunque había nacido a gran distancia de allí. El trasplante suele ser fatal para un árbol plenamente desarrollado; muere por la brusquedad del cambio. Lo mismo sucedería a la mayor parte de los hombres si les fuesen amputados los brazos y las piernas sin anestesia. Bose había administrado previamente cloroformo. La operación fue un éxito redondo. Al despertar, el árbol asesinado de inmediato echó raíces en su nuevo lugar, y a su debido tiempo floreció.

                    Pero una sobredosis de cloroformo es tan letal para una planta como para un hombre. En uno de los laboratorios se nos había mostrado el instrumento que registra el pulso del “corazón” de una planta. Mediante un sistema de palancas, similar en cuanto al principio rector a ese otro con el que nos ha familiarizado el barómetro de registro propio, aunque de una delicadeza y sensibilidad inmensamente mayor, las minúsculas pulsaciones que se producen en la capa de tejido situada inmediatamente debajo del perímetro del tallo, son amplificadas –literalmente millones de veces- y registradas automáticamente en un instrumento gráfico bajo el cual se desliza una fina lámina de cristal ahumado. Los instrumentos de Bose han hecho visibles cosas que hasta entonces eran imposibles de ver, incluso con ayuda del  microscopio más potente. El “latido cardíaco” normal de un vegetal, tal como lo vimos registrarse punto por punto sobre la lámina móvil, es sumamente lento. Debe costar prácticamente todo un minuto que el tejido en pulsación pase de su máxima contracción a su máxima expansión. Pero un grano de cafeína o de alcanfor afecta al “corazón” de la planta exactamente igual como afecta al corazón de un animal. El estimulante se añadió al agua en que reposaba la planta, y casi en el acto se alargaron las oscilaciones del gráfico ante nuestros propios ojos, al tiempo que comenzaron a producirse con menor separación unas de otras: el pulso del corazón de la planta se había vuelto más violento y más rápido. Después del repentino estímulo administramos veneno. Una dosis mortal de cloroformo cayó en el agua. El gráfico se tornó el registro de una agonía mortal. A medida que el veneno paralizaba el “corazón” de la planta, los altibajos del gráfico fueron allanándose hasta devenir una línea horizontal a mitad de camino entre los dos extremos de la ondulación. Pero mientras quedó un ápice de vida capaz de reanimar a la planta, esta línea media no llegó a nivelarse del todo, ya que mantuvo algunos agudos altibajos, representación de un símbolo visible de los espasmos de un ser asesinado y desesperadamente decidido a luchar por la vida. Al cabo de un rato, cuando no hubo más altibajos, la línea si fue totalmente recta. La planta había muerto.

 

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