BALTHUS

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Meditaciones de un caminante solitario de la pintura

Entrevista con Françoise Jaunin

Ed. Las Cuarenta, Buenos Aires, 2010

 

FJ: ¿Pintar es entonces un acto de fe?

B: Si, así es.  Pintar es una plegaria. El acto de pintar es en sí mismo una plegaria. Pero también hay que rezar antes de pintar. Y esto simplemente para deshacerse de la personalidad. La personalidad no es más que una máscara que esconde el ser profundo. No logro comprender esta delirante búsqueda de personalidad que obsesiona tanto a la gente de hoy en día, como si fuese un objetivo en sí. Hay que,  obligatoriamente, fijar y afirmar la personalidad ¡Qué tontería! Mientras que precisamente es ella quien, como una pantalla en forma de espejo les hace olvidar lo esencial y les impide el acceso a lo universal. Para mí justamente es lo primero de lo que hay que desnudarse, como una piel cargosa e inútil. Llegamos a esta caricatura en la que vivimos hoy, donde absolutamente todo debe estar firmado y “arañado”, hasta los lentes o las medias. Es grotesco. Creo que los pintores, al contrario, deberían reencontrar el anonimato magnífico de sus ancestros de antes del Renacimiento. La firma se convirtió en un argumento tan determinante en el mercado que uno casi se olvida de mirar la pintura que está ante todo. La firma es la etiqueta de la originalidad. ¡Qué vanidad! Mire a Cézanne. El nunca buscó ser original. Sin embargo no hay pintor más original que Cézanne.

FJ: Ser un artista de su tiempo ¿tiene alguna significación para usted?

B: No soy y nunca fui un artista moderno. Los pintores modernos buscan, ante todo, expresarse ellos mismos, mientras que yo busco expresar el mundo. El hecho de pintar no significa que uno comprende todo lo que ve, claro, pero es un camino para adentrarse con mucha más humildad que preocupación por expresarse.

(…)

FJ: ¿Podemos decir, en nuestro mundo tan intenso, donde todo va cada vez más rápido, que su forma de trabajar es una suerte de elogio a la lentitud?

B: No, no, la palabra elogio es errónea. No veo porqué alabaría la lentitud por el amor a la lentitud. No tengo interés alguno en la lentitud. No busco para nada trabajar lentamente. Pero el hecho es que el nacimiento de un cuadro me toma mucho tiempo. ¡Así es! Necesito dejar morir el cuadro que está en marcha. Reflexionar, concentrarse, meditar, empeñarse a poner las cosas en formas y colores tal como lo demanda la visión, todo eso exige mucho tiempo. En realidad, lo que a mí me sorprende es que uno se sorprenda tanto del tiempo que tardo en terminar un cuadro. Además, ¿Está terminado del todo? Hoy en día, la gente no sabe tomarse el tiempo para hacer sus cosas. El castigo, es el tiempo quien los toma a ellos…

(…)

FJ: Le asigna una gran importancia al oficio.

B: Porque la pintura es un oficio, en el sentido más pleno  y artesanal del término. Implica un saber hacer de mucha exigencia que al pintor no le alcanza toda su vida para lograr adquirirlo. En cuanto a mí, nunca me consideré un artista. Es una palabra que detesto. Reivindico el título de artesano, mucho más justo y más noble. En otros tiempos, el pintor hacía un cuadro como un carpintero hacía una mesa. Con plena conciencia de la misión que le había sido confiada, el profundo conocimiento de sus útiles y materiales y la ciencia de los gestos necesarios para darles forma. Cuando, en el Quattrocento, Masaccio completaba su declaración de impuestos (se han encontrado algunos testimonios), escribía tan maravillosamente como un calígrafo del Extremo Oriente. Era una cuestión de postura moral. Aquello implicaba en todo caso una inteligencia del espíritu y de la mano y un gran rigor artesanal y espiritual. Pero artesanos de la pintura, casi no quedan hoy en día. Todos quieren ser artistas.

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